Lise Gaudaire


Ce que la pluie nous a appris

               [Lo que la lluvia nos ha enseñado]


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     Juste avant le crépuscule y La cascade de la serie Oasis, 2022
© Lise Gaudaire



    de la serie Oasis, 2022 © Lise Gaudaire



    Les effacés de la serie Oasis, 2022
© Lise Gaudaire


    FernandoLa fleur de pitaya de la serie Oasis, 2022 © Lise Gaudaire

Imagen en miniatura:
Les effacés de la serie Oasis, 2022 © Lise Gaudaire

Este texto fue publicado por primera vez en el libro Oasis. Je marche dans les lits de rivières [Oasis. Camino por los cauces de los ríos], publicado en noviembre de 2022 por Dalpine, Madrid.

El primer encuentro con el artista y las primeras reflexiones sobre este texto comenzaron en la jornada profesional de la Casa de Velázquez en febrero de 2021, por invitación de Open Studio Madrid.

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Lise Gaudaire
Lise Gaudaire, siguiendo de cerca las reflexiones y planteamientos de Naomi Klein, Baptiste Morizot y Alain Damasio, que acompañan su práctica artística, elabora una obra estrechamente ligada a los ecosistemas, la realidad del medio ambiente, el mundo rural de su infancia y las revueltas «gruñicientes»1 que en ellos se producen. La artista lleva a cabo una investigación fundamentalmente fotográfica, generosa, contundente, poética. Adopta una perspectiva social y comunitaria a la hora de presentar sus motivos, que plantean interrogantes en relación con la Tierra, los recursos, el entorno natural y edificado o la relación con los seres humanos.
Aunque incorpore una dimensión política, socioeconómica y geográfica, la fotografía aquí no tiene la función de documentar lo que sucede. Las obras de Lise Gaudaire no buscan criticar ni denunciar, sino que presentan un compromiso y una ficción. En sus fotografías, identificamos unas raíces y una familia modestas, historias personales, daños colaterales inevitables y destellos del optimismo de la resistencia. Desde los quince rostros de la serie Jérôme, Alex, Anaïs… (2006-2008), retrato de una infancia accidentada, a los de Paysans/Paysannes (2014), pasando por el bosque, las bardizas o el río, que han servido de modelo para Faiseurs de paysage (2018-2021), así como las mujeres y los hombres que dan título a la serie, la gravedad dialoga en todo momento con el sentimiento de esperanza.
La artista maneja su cámara de 4 x 5 pulgadas y su micrófono en el decorado de su juventud, en territorios moldeados por el ser humano, en terrenos agrícolas y forestales que pocos valoran. Presta atención a la dureza y discreción de esos ambientes. Sin embargo, en su último proyecto, Oasis, realizado durante más de un año en España, se desmarca de todo ello. Lejos de casa, su contención frente al mundo agrícola que tan bien conoce se desvanece, no así la ternura con la que trata a los que se cruzan en su camino. El trabajo y el gesto artísticos pasan también por ese tiempo, el de los encuentros, el del conocimiento mutuo, el de los momentos de excitación y de dudas cuando la legitimidad de la autora se ve cuestionada por la dura realidad de los objetos que trata.

Escuchar. Perderse

Llegan los sonidos captados pero aún no explorados, los cuadernos, las palabras y el trazo, completando las imágenes. Agrillos, cardos, cerrillos, malvas, euforbias… pulcro herbario repleto de tallos largos, flores nectaríferas de alegres colores, con la cabeza bien erguida y agradable aroma (en ocasiones). Las plantas que dibuja Lise Gaudaire son los personajes que nos tranquilizan al borde del camino, preciosos compañeros de marcha y exploración, reconocibles aunque no siempre sepamos sus nombres. Brotes autóctonos y conocidos para quienes viven en el sur. Pese a haber sido bautizadas como «malas hierbas», se adaptan, se expanden, viven entre las rocas, en las tierras antaño fértiles. Resisten.
Hay algo conmovedor en la ilusión, cuando la inocencia nos lleva a descubrir un paisaje, una zona de vida. Para Lise Gaudaire, el detonante ha sido la búsqueda de sus oasis. El íncipit de una historia futura, la de una artista foránea que se embarca en una aventura quijotesca, no hacia los molinos de viento de la Mancha, a lo Alonso Quijano, sino al encuentro del verde exuberante del desierto andaluz, delicioso jardín de Europa. Allí descubrirá una cruda verdad, de esas que hacen que los sueños se esfumen. Un cielo azul es un cielo azul, pero un cielo azul no es solo un cielo azul. Hoy en día, también puede ser una señal de peligro, de carencia, incluso la prueba de un monumental acto de depredación: un cielo azul es un cielo privado de su lluvia2.
La decisión de fotografiar implica cuestionar y poner en tela de juicio la influencia del ser humano sobre su entorno. Transportar y a continuación montar equipo fotográfico supone aceptar el ritmo lento de la cámara, dejarse llevar por la contemplación, formar parte del paisaje. Lise Gaudaire asume su responsabilidad como artista, señala sin juzgar, descubre, se indigna y se sorprende al comprender la complejidad de ese microcosmos y los problemas socioeconómicos que le rodean. No es algo que pueda interpretarse únicamente desde la óptica del bien y del mal, es decir, de los simpáticos agricultores, las explotaciones familiares y los malvados latifundistas. Planea una historia, la de la dictadura franquista, que en los años cincuenta vio la oportunidad de revalorizar un territorio bañado por el sol y con fácil acceso a numerosas capas freáticas. Seguidamente, los agrónomos pusieron en marcha un amplio proyecto de irrigación, cavaron pozos y construyeron pantanos, con lo que los campesinos se trasladaron al desierto andaluz. Así comenzó la agricultura intensiva, la valorización de los monocultivos, los mares de plástico regidos por la lógica productivista y la política represiva (cabe recordar que la mayoría de los pueblos que fueron anegados para construir pantanos eran republicanos). Una kafkiana trampa capitalista3.
Las personas definen el territorio en función de su uso. Las verdes colinas de La Axarquía representan el reflejo aterrador de un círculo vicioso, en el que volver atrás sería peor que continuar. La tierra tiene sed, está agrietada. Es aquí donde a la artista le embarga la melancolía del ça a été [esto ha sido, esto existió] barthesiano. El desconsuelo. Camina por el cauce de antiguos cursos de agua, sobre alfombras de palmeras calcinadas, ve las cicatrices a orillas de los lagos desaparecidos. Aquí el verde no es autóctono, es el color del bambú y de los árboles de aguacate que tantísima agua consumen. Este oasis tan codiciado no es más que un espejismo, una farsa de vegetación perenne.

Un encuentro

Basta un encuentro para que todo vuelva a transformarse. Encontrarse con la danza de los pajarillos en el embalse de La Viñuela al amanecer, con la coreografía de las hierbas silvestres ansiosas por sobrevivir, con la poética luminosidad de los naranjos abandonados con las ramas cargadas de frutos o… con la finca de Fernando y sus flores de pitaya. Este hombre es importante para estos lares, es un apoyo para estos lugares. Decidió cultivar de otra manera, pensar y vivir de forma diferente. Con este proyecto, Lise Gaudaire explora un esteticismo a la vez insólito y justo, una lucha viva, real, discreta, como la obra de Fernando, a quien convierte en su único interlocutor porque lo que él dice reconcilia, porque con él, el Oasis puede recuperar su magia.

En Oasis, la fotógrafa se aleja de su práctica pictórica habitual y de la posición mantenida por sus predecesores en la historia de la fotografía de paisajes que, desde finales del siglo XX, venían apostando por una ausencia radical del ser humano o por inscribirlo en un entorno paisajístico, bucólico o de resistencia4. Lise Gaudaire, en cambio, establece un diálogo entre dos tipos de imágenes, que se enriquecen mutuamente con su propio vocabulario y cromatismo.
Este empeño de la artista se observa en la forma en que concibe los espacios. Me gustaría aquí vincular su mirada y sus motivos con los de la obra de Robert Adams, que «intenta reevaluar la belleza de los lugares naturales a la luz del desarrollo industrial. (...) La neutralidad de las imágenes prescinde de toda fastuosidad, pero seguimos teniendo la sensación de estar ante algo sublime, como si fuera capaz de reconciliar al individuo con su contexto contemporáneo»5.



Lise Gaudaire no se entrega a un desmedido proselitismo ecorresponsable; contempla las plantas de igual manera que los rostros. El encuadre se hace más estrecho. Los retratos en blanco y negro de Fernando dialogan con la veladura olivácea que presentan ciertas imágenes, con una paleta de marrones precisa y nítida. Me emociona este pretendido elemento pictórico, que realza sutilmente un motivo incandescente, en referencia a la importancia de la piel tiene para los retratistas y a los vientos del Sáhara que atraviesan el mar y cubren de arena los cultivos andaluces6.

Las fotografías, dibujos y escritos de Lise Gaudaire hablan de esperanza de una forma delicada, evocando el tránsito de la insensibilidad a la sensibilidad7. La humanidad no puede seguir fingiendo desconocimiento, mantenerse insensible a las tropelías que provoca al resto de los seres vivos. Oasis nos revela el poder de la vida después del desconsuelo, nos propone recurrir a la rabia y la indignación como palancas para el optimismo. Que cada cual actúe a su escala, movilizando a los demás, de la misma manera en que el colibrí contribuye a apagar el fuego con una sola gota de agua, al alentar con ese gesto al tucán y al guacamayo a transportar mucha más agua en sus grandes picos8.

El asombro acaba desapareciendo. Pero hay que recordarlo. Así es. Es necesario acordarse de la felicidad que supone tener todo esto ante nuestros ojos cada día: la tierra, el cielo, las nubes. Tan bello y tan frágil en estos momentos9. Tras sumergirnos en la obra de Lise Gaudaire, debemos rememorar los colores del agua y el canto de los pájaros. Perderse en ellos y esperar. Caminar por el cauce de los ríos y recordar todo lo que la lluvia nos ha enseñado.

— Émilie Flory
París, septiembre de 2022


1. Gruñiciente, neologismo: fusión entre gruñón y creciente… que incuba, gruñe y crece.
2. Jakuta Alikavazovic, Blue Meeting, en Revue Habitante, núm. 2, abril de 2022.
3. Consecuencias negativas a diferentes niveles para los agricultores: promesas de trabajo y riqueza, inversiones, endeudamiento, incremento de la producción para poder pagar las deudas y afrontar las negociaciones con las empresas de distribución, empobrecimiento, aumento del uso de pesticidas y fertilizantes, contaminación hídrica, agotamiento de las capas freáticas superiores, escasez de agua, caída del rendimiento, endeudamiento, etc.
4. Pienso en artistas como Thibaut Cuisset, François Deladerrière, Sabine Delcour, Elger Esser o Bruno Serralongue, Laura Henno, Jürgen Nefzger y Valérie Jouve, entre otros.
5. Christine Ollier, Paysage cosa mentale, Le renouvellement de la notion de paysage à travers la photographie contemporaine, Éditions Loco, 2013.
6. Los vientos procedentes del norte de África erosionan el suelo, por lo que en las tierras de cultivo del sur de España se han instalado invernaderos y plásticos hasta donde alcanza la vista para proteger las plantaciones.
7.  Bruno Latour: la revolución ya se ha producido, se llama Antropoceno, entrevista de Youness Boussenna a Bruno Latour en Socialter, 11 de febrero de 2021.
8. La leyenda del colibrí es un cuento amerindio, que ha sido retomado y a menudo mal interpretado, sobre todo por Pierre Rabhi. Este relato no se resume en que «cada uno debe hacer su parte», sino en la dinámica provocada por el animal más pequeño del bosque en llamas, del que los demás se burlan, abatidos e inmóviles ante una catástrofe que les sobrepasa. El colibrí continúa activo y hace lo que puede, de la mejor manera posible, y su actividad sirve de estímulo para que otros hagan lo mismo. La leyenda no aclara si se consiguió sofocar el incendio, de lo que realmente trata es de la actuación colectiva para la toma de conciencia.
9. Robert Merle, Le jour ne se lève pas pour nous, Éditions Plon, 1986.
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